La humanidad después de Instagram: día cero

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Cuando Tim Berners-Lee pensó en 1989 que ya iba siendo hora de estandarizar la comunicación entre ordenadores en una red no tenía ni idea de que estaba metiendo a la humanidad en una lavadora con programa de centrifugado.

Copérnico, Newton y Darwin son hoy elogiados y admirados, pero a sus vecinos y contemporáneos les arruinaron la tarde. “¿Cómo que los seres humanos no somos el centro del Universo?”. “¿Que ni siquiera nuestro Sistema Solar es el centro de nada?”. “¿Una irrelevante mota de polvo en alguna parte de un inmenso e insondable vacío?”. “¡¿Cómo que un mono?!”.

Berners-Lee formará sin duda parte de ese grupo de elogiados y admirados. Pero hoy, la súbita omnipresencia de Internet, que marca y define los actos más cotidianos, deja en el aire la misma incertidumbre ansiosa que despertaron aquellas preguntas. Si Copérnico y Darwin alimentaron el nihilismo contribuyendo a la muerte de Dios para enfrentarnos a nuestro ser físico, la creación de Berners-Lee puede contribuir al nihilismo alejándonos de nuestro cuerpo para enfrentarnos a la nada 1.


La Red pone a nuestra disposición siglos de conocimiento a dos clics de distancia; nos coloca frente al espejo de todos los demás, al mismo tiempo, todo el tiempo. Pero también crea bares en los que grupos de amigos comen sin mirarse. Y ciudades en las que se ven cada vez más coronillas y menos rostros.

Copérnico, Newton y Darwin dejaron tras de sí una estela de destrucción de la que surgió un mundo diferente cuando entendimos que la religión nos había hecho el traje nuevo del emperador y en realidad estábamos desnudos. Luego le cogimos gusto a lo de desmontar cosas y seguimos con ello hasta llegar a la posmodernidad. ¿Y cuando la posmodernidad se acabó? Nada. Nos quedaron un smartphone, un palo de selfie, y un montón de preguntas a las que da miedo acercarse.

Pues algo tendremos que construir con esto.

¿Qué haces, Obama?

Empezar a construir sin entender las herramientas es un buen argumento para un slapstick pero una mala idea 2. Y para entender el mundo de los smartphones tenemos que hablar de dinero y de occidente.

La Revolución Industrial necesitaba dinero. Los motores de vapor y el trabajo en condiciones miserables producían cosas a velocidad inaudita: vestimentas, objetos cerámicos, enseres para el hogar y arcones para guardar todas las cosas que uno se había comprado. Pero la mayor parte de la gente no tenía dinero para comprar aquellas cosas, ni tampoco necesidad de muchas de ellas.

El primero de los problemas se resolvió paulatinamente con desiguales subidas de salarios, que comenzaron a ser más comunes a partir de la década de 1840 3. Los trabajadores tenían ahora más dinero en los bolsillos; sólo quedaba convencerles de que no lo guardaran debajo del colchón o la almohada, de que lo gastaran en las cosas que se producían en las fábricas.

Era hora de inventar el márketing, y de que éste nos reinventara a su vez, no ya como personas sino como consumidores. La religión había fracasado y los nexos que mantenían unida a la sociedad se secaban y deshacían como hebras de tabaco en un verano abrasador. Pero con el dinero del que entonces disponías —porque ya teníamos igualdad de oportunidades— tú decidías qué comprar y por qué eso te hacía distinto. Y podías comprarlo y ser feliz con ello sin los demás, como CFK en Ciudadano Kane. Al menos, teóricamente.

Rosebud

Si las preguntas planteadas por los científicos ocuparon el lugar de las certezas religiosas en el plano intelectual, el materialismo consumista hizo lo propio en el sentido pragmático. Trataban de responder al mismo vacío de sentido.

La cosa tuvo éxito, porque además buena parte de ella no era más que una reformulación materialista de una vieja idea religiosa. El protestantismo y sus derivados, rama cristiana imperante en Reino Unido y Estados Unidos, siempre fueron muy partidarios del “tanto tienes, tanto vales” 4. Era una transición natural.

El viento de la historia desmonta el chiringuito

Durante la mayor parte del siglo XX todo fue bastante bien. Pero para cuando a Tim Berners-Lee se le ocurrió que ya era hora de estandarizar la comunicación entre ordenadores, empezaba a estar claro que el materialismo traía consigo su propio vacío. Resultó que comprar y tener cosas era bastante más satisfactorio si uno no había tenido cosas antes, y la generación X aprendió esto mientras se drogaba y viajaba por Europa ante la confusión generalizada de sus padres 5.

El mito de la igualdad de oportunidades se vino abajo conforme los jóvenes eran al mismo tiempo cada vez más estudiados y más pobres. Aprendimos a jodernos con las conclusiones: que no hay camino marcado para avanzar o retroceder en sociedad, y que nada de ello en general tiene que ver con los méritos ni las habilidades. Nos reafirmamos en la conclusión de Heidegger de que la condición del hombre es la Geworfenheit, el haber sido “arrojados a este mundo”, como cantaba Jim Morrison en Riders on the storm.

La frustración generada por este descubrimiento no redujo la obsesión materialista de las siguientes generaciones. Los señores del márketing habían dado ya con la clave del asunto: lo importante es despertar un deseo y ofrecer el consumo como respuesta. Luego, es cuestión de adaptarse a los cambios en los deseos; finalmente, es eso precisamente lo que mueve la economía.

Generaciones enteras de jóvenes tenían dinero —de sus padres— para gastar, y no lo estaban haciendo en los productos pulcramente ordenados y profundamente estúpidos e iguales unos a otros de las estanterías de los supermercados. ¿Cuál era la alternativa? Los señores del márketing se tiraban de los pelos cómicamente mientras daban vueltas en círculos alrededor de las mesas de sus despachos.

La respuesta la tenía un señor de Francia.


Jean Paul Sartre, Simon de Beauvoir y Che Guevara

Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre y el Che Guevara, en una improbable reunión para asegurar el futuro del capitalismo

Jean-Paul Sartre tenía algunas ideas sobre la felicidad. Aunque tampoco demasiado claras, la verdad, lo que resulta poco sorprendente teniendo en cuenta que una de sus grandes aspiraciones era que todos nos planteáramos muy fuerte el suicidio 6.

A veces sostenía que no era más que un mito, y otras que la felicidad es real y se divide en tres categorías: tener, hacer y ser. El tener se relaciona con el materialismo, el hacer con el experiencialismo —que es de lo que trata este texto—, y el ser con una fumada existencialista en la que no me pienso detener. El tener y el hacer, dice Sartre, son profundamente diferentes, y el hacer está en un plano moral y espiritual superior al tener.

Podemos trazar un mapa del siglo XX siguiendo la estela del cambio del tener por el hacer a través de las generaciones. Las contradicciones que alimentaron a la generación perdida, quizá expresadas mejor en la obra de Scott Fitzgerald, se abren paso hasta la generación beat, que alojó a disgusto al primer poser de la experiencia, Jack Kerouac; la transición siguió su curso durante la generación X, que se apuntaron en su casillero a Hornby y a Palahniuk.

(Y sí, si tenemos que fiarnos de la progresión del párrafo de arriba, el nivel literario del siglo XX ha ido en una decepcionante cuesta abajo.)

En cualquier caso y continuando el recorrido, si los hijos de los burgueses estaban ahora cansados de tener cosas, habría que probar a alimentarlos de experiencias y cobrarles generosamente por el camino. Así nace la generación de los festivales de música, la comida emplatada por duendes kitsch, la revista Vice, el turismo masificado, el smartphone, el palo de selfie y la cuenta de Instagram.

La generación Instagram

Instagram ha obrado el milagro materialista: convertir la experiencia en objeto a través de la fotografía. Lo que era etéreo e interior es ahora tangible, mesurable y está listo para compartir.

El joven frustrado por su interés menguante en los objetos puede ahora no sólo consumir las cosas, perdón, experiencias que han manufacturado para él, sino que además tiene un motivo para hacerlo, un deseo que satisfacer: que los demás participen del proceso.

Magic

Esta transubstanciación consumista ha convencido a toda una generación de hijos de burgueses: Instagram tiene 300 millones de usuarios; más de la mitad de ellos ingresan más de 50.000$ anuales, tiene menos de 30 años y está en la Universidad o ha terminado una carrera 7. Gente que, en resumen, puede permitirse comprar cosas, quiero decir, experiencias.

Y todos están allí, consumiendo y compartiéndolas a la vez, donde ambos procesos forman parte de la misma línea continua; como una de esas personas que al volver de un viaje invita a todos sus amigos a casa para enseñarles montones de diapositivas que nadie quiere ver; pero lo hace mientras aún está de vacaciones, enviando constantemente las diapositivas en tiempo real, emborronando la diferencia misma entre el acto de vivir y el proceso de reducción por el que ese vivir se cuenta.

Toda narración es, en términos cinematográficos, un encuadre: la selección de una parte del todo con la intención de comunicarlo. En el proceso de instagramización de la experiencia, como en una pareja liberal, es parte del trato asumir que una parte de ella se va a perder en la necesidad de compartirla.

Y si no lo has compartido, no lo has vivido.

En cualquier caso, esto les hace felices. Los hijos de la desilusión económica están encantados de usar su dinero como gasolina de esta nueva economía de la experiencia 8. El 78% de los millennials afirma que prefiere gastar en experiencias que en objetos, y el 55% que gastan más que nunca en eventos y espectáculos en vivo. El 72% de ellos dice además que les encantaría tener más dinero para poder gastarlo en más experiencias.

Lo que uno hace, mediado a través del prisma de la cámara del teléfono y el palo para selfies, se vuelve ahora fuente de valor social y realización personal. Es el nuevo materialismo intelectual de las fotografías con filtro y las citas sin contexto, alimentado por la mercantilización de la experiencia.

Los señores del márketing sonríen hasta el paroxismo.

¿Zozobrará el barco del amor? 9

¿Pero son las experiencias los nuevos objetos y tiene la felicidad juvenil los días contados, como a menudo ocurre? A la vista de los precedentes, no parece lógico descartarlo.

Imagínate siendo un obrero durante la Revolución Industrial. Criado generalmente en la pobreza, trabajando entre 12 y 16 horas diarias de lunes a sábado, con el dinero justo para salir adelante. Que por vez primera el fruto del trabajo te permita un capricho ocasional, amueblar la casa a tu gusto, observar la cara de tus hijos al traerles un regalo sin motivo concreto: imagino que todo eso te habría hecho feliz también.

En Estados Unidos y Reino Unido, la generación que maduró en los 50, que volvía triunfante y psicológicamente herida de la guerra, necesitaba sobrecompensar o tapar las miserias, y fue feliz con sus objetos. A finales de los 60, sus hijos habían dejado de estar tan convencidos de todo el asunto. En España este proceso ocurrió más tarde, porque los españoles no volvimos victoriosos de ninguna guerra; dejamos, en general, lo peor del hambre atrás en los 50, y no pudimos permitirnos pensar en adorar objeto alguno hasta bien pasadas dos décadas. En los 80 y los 90 nos drogamos y trabajamos en la obra y compramos pisos y fuimos felices con nuestros objetos. Tuvimos mucha prisa en ponernos a la altura del resto de occidentales e Internet nos lo puso a huevo.

Hoy resulta difícil distinguir a un adolescente español de uno norteamericano.

Gemeliers en concierto

Dediquemos un segundo a la vergüenza colectiva

¿Seguirán los hijos de estos jóvenes en el futuro igual de enamorados de las experiencias? Difícil saberlo. Tendrán toneladas de fotografías con filtros y entradas de blog a su alcance para conocerlas de antemano. Y no hay muchos adolescentes deseando repetir el camino vital de sus padres.

O quizá el amor por las experiencias se nos rompa como el de los objetos: de tanto usarlo.

Las experiencias corren el riesgo de acabar como los cachivaches de las estanterías del supermercado: indistinguibles unas de otras salvo por la pegatina.

Le empieza a ocurrir al turismo. Multitud de agencias de viaje ofrecen los mismos paquetes para los mismos destinos, que incluyen las mismas actividades y las mismas visitas que decenas de paquetes de otras agencias. Si dos personas del mismo grupo de amigos que estudian dos carreras distintas han ido al mismo lugar de viaje de fin de estudios es muy posible que su experiencia haya sido prácticamente idéntica. Decenas de páginas web recomiendan sitios que no te puedes perder en esta o aquella ciudad. Todas recomiendan los mismos lugares, que se deshacen de su identidad para convertirse en “una experiencia agradable para el turista”, dispuesto a confundir encantado un escaparate con la verdad.

Malditos Bastardos

Una experiencia es algo difícil de aprehender. Escapa a las palabras fáciles: es apenas una serie de fantasmagorías, intuiciones, fugaces momentos brillantes: emociones e ideas que buscan el lento rumiar del pensamiento para fabricar un sentido, quizá mucho más tarde.

La experiencia construida ex profeso para el turista, por el contrario, no tiene manchas ni asperezas. Se le ha limpiado lo que todo lo real tiene de incoherente para volverla accesible, inteligible, una calle de un sentido. En ella no caben contradicciones: es necesario acordar una historia unívoca para transmitirla, inmutable, a los visitantes. Ha sido sacada del tiempo, desnaturalizada y congelada. Ya no es el resultado de la guerra entre el hombre y del tiempo, que todo lo forma, sino de la razón pragmática al servicio de la economía.

Estas experiencias, cada vez más comunes, están diseñadas para generar una cierta satisfacción intelectual cortada en dados superficialmente hermosos y profundamente iguales, mascada y digerida, que valida las ideas preconcebidas del turista y le anima a consumir-experimentar más.

Lo que era intangible está ahora sujeto a la lógica industrial de la fabricación de objetos en serie: cuanto más público objetivo, menos capacidad de diferenciación.

Pronto cualquiera podrá comer el mismo tataki de atún o el mismo tartar de salmón en cualquier restaurante. Uno de sus amigos de Instagram, al ver la obligatoria foto, pensará un instante que es igual al que comió con su expareja en otra ciudad, a cientos de kilómetros de distancia, una vez hace años que se hicieron una escapada de fin de semana. Por la experiencia.

Por eso creo que Sartre se equivoca 10 al colocar el tener y el hacer en diferentes planos morales y espirituales. Murió en 1980 y no tuvo tiempo de observar el mágico proceso de conversión de la experiencia singular en objeto manufacturado.

It's a trap!

Nadie quiere ser Milhouse

Sartre asociaba el materialismo con la ansiedad social, el narcisismo 11 y la falta de satisfacción con la vida. Pero la generación que prefiere la experiencia al objeto no ha mejorado en ninguna de esas cosas. Los millennials son la generación más deprimida y que se siente más sola 12.

Cuando la vida es una sucesión de momentos y experiencias que se empaquetan y distribuyen enseguida con la intención de que sean vistas y apreciadas todo el tiempo por los demás, en un océano incesante de otras personas que hacen exactamente lo mismo, acaba ocurriendo lo que la periodista Taylor Stinson resume en una frase certera:

“Good times, right? Too bad they are forgotten so quickly”.


Hay también en esto una razón científica. Recientes estudios neurológicos afirman que el cerebro de los usuarios de redes sociales siente placer físico ante la gratificación instantánea del like; ésta es siempre la base de la adicción. Un estudio de 2012 publicado en Harvard 13 mostró asimismo que los humanos dedicamos hasta un 40% de nuestro tiempo a comunicar cosas de nosotros mismos, y que hacerlo nos produce un placer similar a comer o tener sexo (lo uso como argumento porque es un estudio de Harvard, aunque haya una parte de mi cuerpo que se niegue tajantemente a aceptar la analogía).

La prevalencia de las redes sociales ha cambiado de forma fundamental nuestra manera de mirar. Cada vez cuesta más mirar las cosas por lo que en realidad son: pensamos continuamente en cómo lo compartiremos, en quién lo verá y qué pensará. Esa satisfacción prometida activa los centros de gratificación del cerebro, que pide siempre más. Mientras tanto, nos acostumbramos a mirar a medias. Y acabamos dejando de echar de menos la mirada limpia.

Los likes nos hacen sentir parte de algo. Y su ausencia frustra porque nos hace sentirnos fuera de algo que los demás sí están compartiendo.

A nadie le gusta ser el único del grupo de amigos al que no han invitado a la fiesta.

La herramienta tecnológica como manifiesto comunista

Instagram, como la niña del exorcista, tiene el problema dentro.

Es, al fin y al cabo, una plataforma informática: determinista por naturaleza y necesidad. Su función es recibir una serie de estímulos que deben cumplir ciertos parámetros, trabajar con ellos en secuencias predeterminadas, y escupir un estímulo de salida igualmente acotado. Aplicado a algo tan teóricamente singular y propio como una experiencia, el resultado tiende a ser la anulación de lo particular. Es la herramienta la que define el encuadre y el enfoque.

Instagram decide cómo somos, y no al revés. Cualquier cosa que fotografiemos puede pasar por uno de sus filtros, convirtiéndola en una versión edulcorada de sí misma, alejada de la realidad y más glamourosa de lo que en realidad es. Es ésta la razón por la que incluso las cuentas de cuerpos de policía están llenas de uniformes sonrientes, desfiles, mascotas y niños disfrazados.

Þá er öðrum frábærum degi lokið á námskeiðinu. *At the end of another great day at the IPMBA conference* #usa #arizona #chandler #IPMBA #bikepatrol

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Olvidamos, o queremos olvidar, que nuestra vida no se parece a nuestro feed de Instagram. Sobre todo, olvidamos que la de los demás tampoco. Caemos en la schadenfreude 14 de nuestra propia trampa.

Rehacernos en digital

Decía al principio del texto que con esto es con lo que ahora nos construimos. Cuando Tim Berners-Lee pensó en 1989 que sería buena idea unificar la comunicación entre ordenadores, dudo que se le ocurriera que veinte años después una generación entera de niños y adolescentes occidentales dependería de su invento como modo esencial de socialización.

Esta generación será la primera cuyas identidades digital y física no estén en absoluto diferenciadas. Hasta anteayer se llamaba “nativos digitales” a quienes nos habíamos adaptado, sin grandes traumas y a edad relativamente temprana, al ecosistema tecnológico. Pero el concepto se ha quedado obsoleto.

Yo tengo casi 30 años y entré por primera vez a Internet cuando mi edad tenía aún un solo dígito. Internet era entonces un sitio críptico y en blanco y negro, al que se accedía a través de un ruido infernal 15 que emitía un armatoste grande y feo, compuesto casi exclusivamente de texto escrito por adultos poco guays (según las convenciones sociales de la época 16) que estaban interesados en temas concretos y tremendamente dispares.

El Internet del que me enamoré.

El Internet del que me enamoré.

Hoy muchos niños aprenden a usar un smartphone elegante y ligero antes que a leer. La experiencia de usuario se ha vuelto tan intuitiva que cualquier día será viral en Facebook un vídeo de un chimpancé arrastrando el dedo por una tablet, recorriendo una galería de fotos de otros chimpancés. Buena parte del texto ha sido sustituido por imágenes, vídeos y gifs que se reiteran una y otra vez en diferentes contextos (como en este artículo). Las imágenes transmiten su significado de forma mucho más directa —y a la vez más elusiva por inconsciente—.

Quizá acabe siendo más importante enseñar a los niños cómo comportarse fuera de Internet que dentro.

Donde yo buscaba cosas en Internet, el niño hoy se encuentra con ellas. Le salen al paso, apretujadas y ansiosas en su intento por captar su atención, su tiempo, su dinero. El algoritmo de Facebook selecciona para él lo que considera que le va a interesar más. Twitter ha comenzado a hacer lo propio. Youtube también tiene decenas de canales, temas y vídeos que recomendarle cada vez que entra. ¿Cómo saber si se equivocan?

Internet se está convirtiendo en un medio tan pasivo, que funciona por y para el dinero, como la televisión.

Las contradicciones de jugar a ser nosotros mismos

Cierto es que los videojuegos le han enseñado a disimularlo con bastante gracejo. La teoría de la gamificación es uno de los pilares fundamentales de las aplicaciones web actuales. Gamificación y engagement (sí, podrían inventar palabras menos feas) para disimular la pasividad y mantener al producto, perdón, el usuario, contento y distraído.

En términos psicológicos, el éxito de Instagram o de Twitter se explica por las mismas razones que el de World of Warcraft o, más recientemente, MOBAs 17 como League of Legends o Dota2.

Esencialmente, cumplen la misma función: crear un alter ego virtual y pixelado y alimentarlo todo lo posible para que esa satisfacción esté disponible para el ego inalterado en una forma socialmente aceptable. Los puntos de experiencia, la armadura y las victorias son, como las fotografías en sepia de París y de cupcakes, proyecciones de lo que querríamos ser —no de lo que somos—.

Pero el potencial de Instagram es mucho mayor porque su moneda de cambio tiene más valor para el conjunto de la sociedad. La diferencia entre un tipo de veinte años y un orco chamán de nivel 20 está muy clara; entre el mismo tipo de 20 años y el carrusel de fotos de ese mismo tipo, en el que aparece sonriendo y haciendo cosas interesantes, no tanto. El perfil social actúa entonces como espejo. Nos miramos en él y miramos a los demás en el suyo para construirnos socialmente sobre su reflejo distorsionado y pastel.

Somos el reflejo de lo que transmitimos al exterior mediados por la tecnología, siempre a disposición pública para que los demás nos miren y evalúen.

Lo que plantea dos problemas, a saber: la mercantilización del individuo y la masturbación grupal.


La presencia en redes sociales acabará por desterrar a los currículum de la faz de la tierra. Nadie les llorará. Pero el currículum, como el nivel de inglés que ponemos en él, es una visión distorsionada y falaz de nosotros mismos pensada para vendernos. Ya hace tiempo que los profetas del Nuevo Internet tratan de convertirnos a la religión del sé tu propia marca, que en realidad quiere decir que seas tu propio producto; limadas las aristas, maquillado y colocado en el expositor junto a todos los demás, sonriente y preparado para formar parte de una transacción económica.

Lo resume Chuck Klosterman en uno de sus ensayos 18:

“Se ha validado el mérito de tener una personalidad unidimensional. De hecho, ese tipo de persona es ahora deseable, porque hay otro montón de personalidades unidimensionales que pueden entenderte fácilmente”.

Tener mejor currículum es ahora acumular más experiencias en la bolsa de equipaje personal, desencajar más la sonrisa, hacer fotos en todos los sitios posibles, cuanto más lejanos mejor. Con el expositor como destino e Instagram como medio, competimos entre nosotros por nuestras experiencias como antes lo hacíamos por los objetos. El éxito vital y el éxito material se vuelven, pues, equivalentes.

Lo explicó muy bien Erich Fromm en El miedo a la libertad, un libro editado en 1941, lo que deja bastante claro que el hombre aquel día se había puesto las gafas de ver de lejos:

“El éxito depende en gran parte de que las personas se vendan bien en el mercado, de que puedan imponer sus personalidades, de que sean un buen paquete; de que sean alegres, sólidos, agresivos, confiables, ambiciosos; además, influyen sus antecedentes, los clubes a los que pertenecen, si conocen a la gente adecuada (…) No bastan la capacidad y las facultades para desempeñar una tarea dada; para tener éxito se debe ser capaz de imponer la personalidad en competencia con muchos otros.
Si para ganarse la vida se pudiera depender de lo que se sabe y lo que se puede hacer, la propia estima estaría en proporción con la propia capacidad, con el valor de uso, pero como el éxito depende en gran medida de cómo se vende la personalidad, el individuo se concibe como mercancía o, más bien, simultáneamente como el vendedor y la mercancía que vende.”

A los sociópatas les encanta esta competición, pero en términos generales la cosa no funciona tan bien. Si los ocho participantes en una carrera de 100 metros se dedican a darse empujones y ponerse zancadillas entre ellos, lo más probable es que nadie llegue a la meta; el exceso de competencia, en este caso, es contrario a su propio objetivo.

Al menos, si no nos gusta competir, siempre nos queda masturbarnos. Celebrarnos a nosotros mismos y a nuestros grupos de amigos de las redes sociales, que hemos elegido con completa libertad y que son tan parecidos a nosotros que estamos empezando a olvidar que la mayoría de la gente es diferente, que seguramente sea mejor tratar con gente que nos contraria y contradice que con aquellas personas que funcionan como echo chambers 19. Al mirarnos en el espejo de los demás, nos veremos también a nosotros mismos, sonrientes y segmentados, el perfecto objetivo de una campaña publicitaria que, en pos de nuestra felicidad, no nos vende objetos, sino experiencias.

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  1. Este argumento es una de las tesis principales del libro On the Internet, de Hubert L. Dreyfus, publicado en 2001, y que os recomiendo si os interesa el tema.
  2. Como demuestra (perdón por la mala calidad de imagen) este vídeo de Youtube.
  3. En realidad no fue tan simple. Tuvo sus altibajos y hay indicadores contradictorios, pero ésta parece ser la conclusión general final. En este artículo del Economist hablan en detalle sobre ello.
  4. Lo explica magníficamente Max Weber en su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, publicada en 1905 y tan necesaria hoy como entonces.
  5. Un viaje (en múltiples sentidos) que cuenta Richard Linklater en su estupenda Dazed and confused, de 1993.
  6. Eso sí, no tan fuerte como Camus, que escribió que el suicido era “el único problema filosófico serio” cuando asentía con mucha fuerza a todo lo que decía Sartre. Luego ambos se pelearon por tonterías: cosas de política y de humanismo. En este artículo de El País hay una aproximación al asunto. Una explicación más detallada se puede encontrar en el libro El peso de la responsabilidad (Taurus, 2014), de Tony Judt; dedica una parte de la sección sobre Camus a tratar su relación con Sartre y otros intelectuales franceses comprometidos de la época.
  7. La fuente de los datos es este estudio del Pew Research Center publicado el pasado mes de enero.
  8. Según un estudio de Eventbrite—Harris estudio, titulado Millennials: Fueling the Experience Economy, que se puede consultar en pdf (en inglés, eso sí) aquí.
  9. Sí, parece el título de una canción de Camela. Lo siento.
  10. Sí, me he venido muy arriba con la confianza intelectual en mí mismo.
  11. No me puedo resistir a enlazar, aunque esté relacionado con el tema de este texto de manera muy tangencial, esta fantástica conversación sobre el narcisismo que mantienen dos personajes del juego No one lives forever (Monolith, 2000), acentos exagerados incluidos. Incluye transcripción (en inglés) en la descripción del vídeo.
  12. Según un estudio publicado el pasado mes de febrero por la American Psychological Association. Algunos posibles porqués de esta tristeza se analizan en el libro El narcisismo: la enfermedad de nuestro tiempo (Alexander Lowen, 2000), para aquellos que quieran hacer un poco de soul-searching.
  13. El estudio se puede leer aquí, aunque la verdad es que se entiende más bien poco.
  14. Concepto alemán que designa la alegría producida por la desgracia ajena. Cómo son estos alemanes, eh.
  15. No has vivido hasta que no has escuchado la secuencia completa de ruidos de un módem.
  16. Como con casi todo lo demás, hay una secuencia de Los Simpson que lo explica muy bien.
  17. Multiplayer Online Battle Arenas. El MOBA es un género de videojuegos que nace como un mod (adaptación) de Warcraft III (Blizzard, 2002) titulado Day of the Ancients (DOTA), creado y mantenido durante años por una comunidad creciente y fiel. Quienes disfrutan hoy de estos juegos se cuentan por millones, y son considerados como e-sports (un asunto para tratar otro día en otro artículo).
  18. El ensayo completo forma parte de su libro Sex, Drugs and Cocoa Puffs: A Low Culture Manifesto, cuya lectura recomiendo con entusiasmo.
  19. Concepto de la teoría de la comunicación que describe una situación en la que unas ideas o creencias se repiten y reafirman a sí mismas, impidiendo o censurando la existencia de discordancias. Es un mecanismo del que necesita el tribalismo cultural, alimentado asimismo por las redes sociales.
 

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